9 de agosto de 2026
COLUMNA DE OPINIÓN | ENTONCES, ¿DÓNDE ESTÁ DIOS CUANDO SUFRIMOS?
Por: Marcos Buvinić Martinić

En la columna del domingo pasado me referí a la inhumanidad del proyecto de ley “Escucha su corazón”. La columna fue ocasión para escuchar a varias personas que me manifestaron las dimensiones del sufrimiento que han vivido en las complejas situaciones que implica la posibilidad de un aborto o a causa de un aborto realizado. En esos diálogos, una persona me hizo la pregunta “entonces, ¿dónde está Dios cuando sufrimos?”.
Es una pregunta que, en diversos modos y circunstancias, atraviesa a toda persona creyente, y también a quienes no tienen el don de la fe, pero se preguntan por Dios. Es una pregunta que se resiste a respuestas simplistas, porque el sufrimiento que atenaza al ser humano en alguna situación tiene una hondura que hace parecer inútil cualquier palabra. La razón humana y todas las escuelas filosóficas han intentado explicar el origen del mal que nos hace sufrir, pero sus intentos resultan insuficientes ante la persistencia de la pregunta en la historia y en cada persona que sufre; pareciera que es una pregunta -como tantas otras- para la que no hay explicación que satisfaga a nuestra razón.
Dialogando sobre Dios con diversas personas, he podido ver que a muchos los paraliza el pensamiento de que el sufrimiento es un castigo de Dios. La liberación de esa idea de Dios como autor del mal que nos hace sufrir es uno de los primeros pasos para conocerlo a Él. Por más que el Señor Jesús muestra con sus palabras y acciones que el Padre Dios es la fuente de todo lo bueno y nunca del mal que sufrimos, esa idea persiste en muchos y, frecuentemente, a causa de una mala transmisión de la fe.
Entonces, ¿dónde está Dios cuando sufrimos? La Biblia no ofrece una respuesta con argumentos que silencien la urgente pregunta, permaneciendo así una zona ante la cual la razón creyente se rinde -o se rebela- ante el misterio. Hay un mal que proviene del mal uso de la libertad: egoísmo, violencia (y todo lo que la fe cristiana llama “pecado”), creando la injusta distribución que impide a muchos el acceso a los bienes de la tierra, la salud, educación, al disfrute de la belleza, incapacitando para mirar más allá de lo inmediato y haciendo que los inocentes sufran. Otra parte proviene de desastres naturales, y siendo la naturaleza buena y con leyes estables, no sabemos por qué Dios -que dio al ser humano el encargo y capacidad de cuidar y dominar la naturaleza para que no cause daño- permite que produzca daño.
Pero, la fe cristiana abre otro camino que no pasa por argumentos que expliquen el sufrimiento ni responde con una teoría, sino ofreciendo una presencia: la presencia de Dios cuando el sufrimiento toca nuestra vida. El centro de la fe cristiana no es un Dios que contempla el dolor humano, sino que en Jesús Crucificado entra en él.
En Jesús, Dios mismo padece la injusticia, la tortura y la muerte. La cruz de Jesús no elimina el escándalo del mal, pero manifiesta que Dios no es indiferente y lo sufre en carne propia. En el Crucificado, Dios se identifica con las víctimas de la historia compartiendo su dolor, y en la cruz no explica el sufrimiento, sino que ofrece su presencia, una compañía que asegura que cuando sufrimos, nunca sufrimos solos.
De un modo dramático, el escritor y superviviente del Holocausto, Elie Wiesel, narra en su novela “La Noche” una escena de ejecución en la horca de un niño en el campo de Auschwitz, entonces uno de los presos preguntó: “¿Dónde está Dios?”, y una voz respondió: “Ahí está, colgando de esa horca”.
La fe cristiana no es una argumentación ante el sufrimiento que, dejando tranquila a nuestra razón, nos aleje de quienes sufren, sino que nos acerca más a ellos. Seguiremos preguntándonos por qué existe el mal, pero desde la certeza de que no estamos solos cuando lo padecemos, lo cual no elimina el dolor ni convierte el sufrimiento en algo bueno. El mal sigue siendo mal y debe ser combatido con todas nuestras fuerzas.
El Señor Jesús, desde las víctimas, sigue diciéndonos: “todo lo que hiciste con uno de estos mis hermanos, conmigo lo hiciste”. Y también, cuando el Señor Jesús se identifica con las víctimas los hace participar de su vida junto al Padre. El Crucificado y Resucitado es la fuente de la esperanza cristiana que desarma el poder del mal: en la historia humana el mal -en cualquiera de sus formas- no tiene la última palabra, sino que la última palabra pertenece a Dios. Así, Jesús sigue llamando a sus discípulos a jugarse por la solidaridad y la justicia al lado de todos los crucificados de la historia, con la certeza de la victoria del Resucitado.
9 agosto 2026
Más de 30 instituciones, servicios y organizaciones participaron en la jornada, que incluyó juegos, actividades recreativas, espacios deportivos, concursos y presentaciones artísticas.
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